encierro

 Me quedé sola en mi estudio en compañía de mis cuadros que son más personas que yo, son mejores que yo y no tienen nada que ver conmigo, no se ausentan de los cumpleaños, ni barren a más tardar, no escapan. Es domingo mientras es domingo, apenas, llegar a Europa no significó nada, no es importante ni para un pobre latinoamericano, pensar en mi tela enrollada, guardada en un cajón, tomando un avión que se dirige a Italia, que luego viajará por tierra hasta llegar a Holanda, un árbol pintado que no camina, atraviesa el mundo sin mí. Cuando sucedió aquello tenía 19 años, tan sólo dos años después me encontraría lamentando mis recuerdos como una anciana desdentada por una trompada. Yo misma me noqueo, porque nuevamente el Sol desapareció detrás de la pared más alta del patio junto con mi alegría, la noche es larga y llena de esta energía que no dispongo para hacer el resto de cosas normales que se esperan, escuchar en paz la radio, terminar los trabajos de la Universidad, saltear la cebolla cerrando las puertas de las habitaciones de la casa, no escribir desesperada a todos mis contactos por buscar algún estupefaciente que me emancipe de mi estado común, el de la depresión, de mi angustia por ser lo que soy. Dormir no sirve, buscar ayuda me entristece, nadie quiere hablar por teléfono y, de todos modos, mi teléfono ya no sirve. Ojalá tuviera más amigos, ojalá no desesperara por el llamado de mi psicóloga en este encierro global, cuando en mi ventana veo correr a los demás, los veo salir, los escucho hablar. Esta mañana me desperté por los gritos de un albañil, “pagame lo que me debes, pagame lo que me debes” repetía cada vez más fuerte cuando una voz dulce le contestaba palabras inaudibles para mí desde la cama. Ese extraño me recordó a mi padre cuando once años atrás se apareció en mi casa en el mismo lugar, vacía, gritando que si yo no salía por la puerta llamaría a la policía. Yo debí haber llamado a la policía, pero a mis diez años, ya era sabido que la policía no me ayudaría en nada. Diría, es tu padre, ¿por qué escaparías? Ojalá tuviera yo la solución a ese problema, pero no la tenía, por eso me subí a su camioneta que, en realidad, era de su novia, como casi todo siempre era de una novia suya, pero él se adueñaba de todo tanto como jerarquizaba mi vida, mi salud, mi vida. No amé nunca hasta el día de hoy, siendo tan injusto que siempre me gustara amar dulce, infantil e inútil en mi imaginación. Los hombres a mi alrededor no buscan amor, buscan sexo primero, sin ropa, sin parar, un trago de alcohol, y sin querer yo busco hablar constantemente para encontrar mi posición, para saber si lo que me sucede es correcto, aunque busque sólo el movimiento de dos cuerpos excitados uno por el otro. No está bien lo que me sucede, me duele no saber qué hacer, sentirme observada por mil caras en cada momento, de soledad o alguna compañía que me encanta, me maravillan cientos de compañías, pero soy idiota para pertenecer, la gente se aburre de oírme temblar, llorar, quejarme del pasado amedrentado, pero no puedo evitar ser esa chica de 16 años decepcionada de la institución, de los muertos que caminan sucios espantándome, gritándome que soy mujer, soy mejor que ellos y no lo puedo ver. Los muertos me enloquecen hasta de buenas maneras, me incitan a arrugar mis intestinos, humedecer mi estómago vacío con alcohol. No me gusta el alcohol, me deprime, y yo sólo quiero estar con alguien, alguien que acepte lo seca y fría que soy, pero todos gritan cuando toman mis manos, estás tan fría, estás helada. Lo sé, pero no es mi culpa que todos sientan calor. Por qué el placer me hace sufrir no lo sé, si siempre deseé crecer. Ya es una costumbre escuchar el timbre sonar y no atender, no abrir la puerta ni dejar entrar.  

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