Adelina

 Cuando recobré completamente mi consciencia no fue siquiera después de haber abierto los ojos y notar espantada que un desconocido me hablaba con su voz grave y rasposa, “¿estás bien, flaca? ¿estás bien?”. Más allá del dolor de cabeza no lo sabía, miré con profundidad un punto imposible de encontrar en el cielo y el hombre impacientaba, aunque de hablarle para aclarar cualquier cosa que quisiera saber estaba segura de que mis palabras se encaminarían hacia otro destino que, lejos de contestar certeramente lo que me estaba pasando en ese estado nauseabundo en el que me encontraba, dirían más bien cualquier otra cosa. Me sentí presionada a encontrarme estable para liberarlo de mi pésame e inconsciencia. Le dije que me llamaba Dolores, aunque ahora sepa que no, le dije que estaba bien cuando alcancé la altura de sus ojos sosteniendo mi torso con las manos apoyadas en el piso de la vereda. “Tuviste suerte que aparecí, la calle estaba desierta y acá siempre pasan cosas raras, alguien podría haberte lastimado, no tenés nada, ¿llevabas una mochila? Te la pudieron haber robado”. No entendía a qué se estaba refiriendo, no recordaba ninguna mochila, tampoco nunca había estado antes en esa calle, y de a poco empecé a notar que la ropa que tenía puesta no era mía, ni los brazos llenos de tatuajes, ni aquella voz tan suave que le agradecía cortésmente a aquel hombre animado para que retomara su camino. Lo vi alejarse de mí y comencé a sentir un vacío inmenso, cada tres pasos que daba volteaba su cabeza para verme y comprobar que seguía despierta, tal vez para preguntarse si era buena idea dejarme donde me había encontrado, tal vez para registrar mi rostro por última vez para luego olvidarme en un segundo para siempre. Cuando noté que su figura borrosa había desaparecido doblando la esquina, sólo en ese instante recobré la noción de entender que había desvanecido en el piso, pero sin saber por qué, ni dónde me encontraba. Sin embargo no tenía miedo, pero temblaba y mis manos sudaban como si estuviera a punto de tomar una decisión que marcara un antes y un después en mi vida, como en ese instante corría con la suerte de no saber cuál era mi vida, sólo atiné a meter mis manos en los bolsillos traseros del pantalón y encontrar un calendario pequeño, encabezado por una pintura hermosa y desconocida para mí. Tenía colores vibrantes, rojos, azules, anaranjados, amarillos y verdes. A un costado se observaba el cuerpo de una mujer acostada en la hiedra, sola, observando el atardecer de un bosque oscuro y frío que se colaba entre las ramas de los robles. Delante de ella aparecía encendido un fuego sobre leños, las pinceladas eran nebulosas y sucias, tal vez por buscar encontrar el efecto de humo y de calor, tal vez hechas sin discreción. El movimiento elevaba las llamas, desprendiéndose de a poco pequeños puntos claros que alcanzaban casi hasta el cielo, provocando en mí el deseo de que aquellos vestigios del fuego consiguieran tocar las hojas de los árboles y quemarlos. No sabía entender por qué deseaba tanto también ver prendida fuego a esa mujer sin rostro que me daba la espalda. Abrí el calendario y enero, febrero y marzo ya no estaban. En abril, círculos a lápiz englobaban los números 9, 10, 11 y 12. Los demás habían sido tachados con una cruz a excepción del 29 que sobre sí llevaba el dibujo de un corazón hecho con lápiz rojo. Desconocía cada uno de esos detalles. Pensé tal vez que sería el calendario de una mujer, y que implicado se vería su período, pero no me importaba saber aquello, sino que bien quería entender por qué lo llevaba conmigo si yo no tenía registro alguno sobre mi pasado. Parecía ser el año 2007. Ningún otro mes contenía información descifrable, y en el último papel un nombre permanecía escrito, el de Adelina. Cuando terminé de leerlo entonces volví a recordar su muerte. Vi ante mis ojos cómo la luz del Sol desaparecía en un apagón y comencé a sufrir una extrema deshidratación. Adelina convulsionaba sobre la alfombra de su habitación y yo no podía acercarme a ella a pesar de mis desesperados esfuerzos por conseguirlo, mi cuerpo estaba completamente paralizado por una gélida sensación de pánico y terror, tampoco me sentía respirar y la transpiración que me recorría todo el cuerpo me sofocaba cada vez más y más. Comencé a escuchar gritos desgarradores en mi cabeza e intermitentemente la habitación oscurecía hasta dejarme ver el negro absoluto. Creí haberme muerto cuando el silencio sucumbió en mis oídos, dejándome una sensación vibrante que me cosquilleaba, pero aún no podía sentir mi cuerpo ni su peso, no percibía el espacio y Adelina tampoco estaba ahí conmigo, por un momento se me ocurrió pensar que todo había sido obra del efecto alucinógeno de la droga. De a poco pude empezar a sentir el aire entrar hasta mis pulmones con mucha más fuerza, mis músculos dejaron de tensionarse y comencé a reír aliviada de que todo hubiese terminado ya. Lo siguiente que sucedió es difícil de ser descripto por mí. Pero todo transcurrió tal cual Adelina me había explicado. Parecía estar en un sueño, pero las imágenes llegaban hasta mí de una forma mucho más nítida, generándome la sensación de estar en un juego virtual, finalmente pude empezar a disfrutar del viaje que ocasionaba el dmt. No podía recordar nada, ni siquiera haber sufrido la horrible recreación de mi mente sobre la muerte de mi única amiga, quien antes de que acabase yo totalmente intoxicada, me prometió que permanecería en un estado de conciencia total para vigilar mi estado. Cuando desperté Adelina estaba tirada en el piso, justo donde la había observado morir hacía unos minutos.  

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